miércoles, enero 14, 2009

Mordieron los limones (III)

Mi madre vino a buscarme todos los días a las cuatro y media a la escuela como prometió, aunque dejó claro que lo hacía a regañadientes. Según ella, tenía que sacar muchas figuras que quedaban escondidas a los ojos de los demás en sus piedras de granito. Es extraño, porque yo siempre he pensado que si están ocultas en el pedrusco por algo será. Si quisieran exhibirse como un caballo encabritado, como el rostro del Papa Juan Pablo segundo o como un peine de cien metros de largo ya lo habrían hecho por ellas mismas desde hace tiempo, y si lo haces contra su voluntad milenaria sería algo así como vulnerar su derecho neolítico a la intimidad. Pero bueno, no soy quién para preguntarme esas cosas, mi interés por la escultura y el arte en general es escaso. Lo mío, que quede claro, es la Ciencia.
Seguimos caminando hasta que, al doblar la esquina, el negro, alto e imponente como un gigantesco totem de látex, volvió a aparecer. Parecía ser de ideas fijas, ya que de nuevo se estaba tomando su limón a la hora del té. Me reconoció y me saludó amistosamente. Le devolví el saludo y, en ese momento, fingí que acababa de recordar algo muy importante. Le di un leve tirón a las faldas de mi madre y le pedí una moneda de veinte duros para comprar algo que necesitaba para el experimento. Mi madre debió de pensar que actuaba así porque el negro me daba miedo, asco o ambas cosas; así que me dio el dinero y, para dar ejemplo, se quedó hablando con él de lo típico que se comenta con un desconocido para romper el silencio incómodo: del tiempo, de lo que había subido el pan, de los nuevos centros comerciales... Entre tanto, con toda esa fortuna entre mis dedos, me planté en el quiosco y me compré un tebeo de Spider-Man con la portada a todo color en la que aparecía luchando contra un señor muy viejo con unas alas enormes al que llamaban el Buitre. Lo guardé dentro de la mochila, escondido entre los libros de texto, y volví al lugar donde estaban esperándome el negro y mi madre en menos de cinco minutos. Ella me dio una afectuosa colleja, me preguntó dónde coño me había metido y se despidió cortésmente de él.

Cuando llegamos a casa mi padre estaba viendo un documental que emitían en el UHF sobre el mundo vegetal. Al parecer, los botánicos a lo largo de los siglos habían catalogado los árboles en diferentes familias, y mediante injertos de ramas de un árbol en otros árboles que exteriormente nada tenían que ver con él pero que formaban parte de esa misma familia, habían conseguido que esas ramas prosperaran, se enlazaran en ese árbol y dieran unas veces su fruto originario y otras veces el fruto del árbol parasitado con algunas propiedades-sustrato del suyo propio. Esto me interesaba. Saqué el cuaderno que tenía preparado para anotar la evolución de mi proyecto de clase y lo escribí. Mi padre dijo que mediante los injertos se había conseguido que las aceitunas salieran rellenas de anchoa desde el propio árbol, pero eso no lo escribí porque creo que estaba bromeando. Una anchoa es un pez.

2 comentarios:

aLba dijo...

me gusto el texto ;)
saludos

Chopenjagüer dijo...

Me alegro aLba. Bienvenida.