La sequía de noticias reseñables es una de las principales características que se repite en los medios de comunicación verano tras verano. Si bien en los medios generalistas se capea el temporal recurriendo año tras año a los tópicos estivales (operaciones salida y retorno, olas de calor en la península con gente por doquier bañándose en las fuentes municipales, fiestas patronales varias con zancudos girando sobre sí mismos mientras que bajan a toda velocidad empinadas escaleras de piedra, tornados que hacen volar los tejados de las casas situadas a lo largo del medio oeste norteamericano, rebajas bimestrales en los comercios urbanos, festivales de música étnica atestados de mochileros y un larguísimo etcétera), en los periódicos deportivos se ven obligados a rellenar unas cincuenta páginas con la nada más absoluta en lo que se refiere a noticias, por lo que se fomenta un caldo de cultivo que, en mi opinión, acerca al periodista deportivo, más que a ningún otro compañero del gremio juntaletrístico, al rango de verdadero creador literario, logrando que disfrute como un enano de la rumorología y la invención de noticias propias del Marca o del Mundo Deportivo a lo largo del todo el trimestre. O al menos ha sido así hasta este año, ya que el triunfo de la selección en el mundial de fútbol nos ha privado a todos de una buena temporada de noticias de ese calibre.
En este sentido, tengo que decir que haber visto a España levantar la Copa del Mundo de fútbol me ha dejado un sentimiento de cierta indiferencia que, sinceramente, no me esperaba hace un par de meses. No creo que sea debido a una falta de identificación por mi parte, ya que, en general, siempre he disfrutado cuando las selecciones nacionales se han llevado el gato al agua en otros deportes: he vibrado cuando la pareja Sergio Rodríguez - Rudy Fernández se juntaban para marcarse un alley-hoop y romper la defensa en zona lituana capitaneada por Zydrunas Ilgauskas; he disfrutado cuando Juanín García o Talant Duishebaev atravesaban la defensa 6-0 alemana y marcaban un tanto al contrataque tras un parada de David Barrufet; he gritado cuando Santi Freixa, Pol Amat y sus secuaces lograban convertir un penalty corner frente al duro equipo australiano; me he cabreado cuando el dúo Gemma Mengual - Paola Tirados se conformaban con la medalla de plata a pesar de haber sacado las piernas del agua un par de centímetros más que las rusas y tener una nota más baja en el ejercicio libre pese a haber realizado un ejercicio mucho más creativo.
Y, desde luego, no es por animadversión hacia el balompié. Pero, a pesar de todo, el subidón adrenalínico de felicidad con la consecución del trofeo no llega ni a la décima parte del que sentí cuando el Atlético de Madrid ganó la Europa League (aunque para mí seguirá siendo, por muchos años, la Copa de la Uefa) hace un par de meses. No cabe duda de que el entrenador de la selección influye mucho (un mundial ganado por Luis Aragonés habría multiplicado exponencialmente mi grado de satisfacción), pero no es sino un factor de muchos otros que ahora no logro descifrar. Pero esto sí me hace llegar a un par de conclusiones:
- Si algún día a Enrique 'pelazo' Cerezo o a Miguel Ángel 'caracorner' Gil se le cruzaran los cables y decretara al Atlético de Madrid como una república (o conociendo mejor a los directivos, monarquía) independiente del estado español, le seguiría como el más servil de los perros falderos.
- No puedo celebrar con algarabía y charanga populachera los éxitos de la selección española de fútbol; se corre el riesgo de que bajo los colores rojigualdas se camuflen personajes del más diferente pelaje y realmente estés celebrando un título futbolístico abrazándote espontáneamentente con algún viquingo, cosa que me pone el vello de punta y que sólo aparecería -espero- en la peor de mis pesadillas.
domingo, julio 25, 2010
lunes, julio 19, 2010
Suspender - Reiniciar - Apagar equipo
Retomo el bloj debido a una promesa que será desvelada si y sólo si consigo cumplirla. No había querido hacerlo antes debido a que, entre otras cosas, tenía un cierto miedo de enfrentarme, al repasar los diferentes posts que fui escribiendo, a los pocos cambios que ha sufrido mi trayectoria vital desde que empezó. Con seis años más de los que tenía cuando decidí abrir este espacio, no puedo decir que hayan cambiado muchas cosas en exceso. Sí, terminé la carrera. Sí, he orientado más o menos mi vida a grandes rasgos y tengo más o menos claro lo que quiero hacer, pero sin duda me parecen pocos avances para la cantidad de tiempo transcurrido. A grandes rasgos, continúo siendo el mismo paleto con estudios que reconoceríais en cada una de las entradas anteriores, pero con un poco menos, si cabe, de impulso juvenil que antes, y que empieza a presentar los primeros indicios de taras de señor mayor que se verán potenciadas en un futuro ya no tan lejano. Por seguir un modelo nickhornbyniano, haré con ellas una lista:
5.- La más completa de las indiferencias ante los nuevos avances de la industria tecnológica y/o cultural: ya sean teléfonos táctiles, ordenadores portátiles de última generación, películas ganadoras de varios Ojcar o hits rompepistas de los últimos grupos de moda del momento, pasan ante mis ojos como un par de pechos grandes y firmes por la cara de un lobotomizado. No niego su atractivo si cierta gente lo encuentra, pero desde luego no es para mí. Es especialmente claro en el caso de los grupos musicovocales, donde puedo casi asegurar no haber escuchado un grupo de nuevo cuño en los últimos dos años.
4.- Reticencias para conocer sitios nuevos: no es una cerrazón en redondo, pero sí me da una cierta pereza salir de las rutinas habituales y lanzarme a lo desconocido por las buenas, aunque lo desconocido sea algo tan prosaico como un bar de tapas, una sala de cine diferente o un centro comercial.
3.- Repetir en innumerables ocasiones las mismas anécdotas (generalmente con poco interés) a las mismas personas: tiene diferentes variables que también cumplo, como por ejemplo contar exactamente lo mismo que otra persona acaba de decir, repetir dos veces seguidas la misma cantinela por si acaso no se ha entendido bien la primera vez, y hacer tuya una anécdota que te ha contado la persona a la que se lo estás diciendo, donde se cumple una regla no escrita para el buen tirarrollos -plagia todo lo que puedas-, pero se equivoca la diana a la que se lanza el dardo.
2.- Respetar escrupulosamente las colas de los transportes públicos: si bien todos sabemos que las colas de los autobuses (sobre todo en determinadas paradas) son todo un descontrol, un sindiós y un vivalavirgen donde los más avispados de esta ley de la jungla municipal son los que entran primero, de un tiempo a esta parte noto una tendencia a aguardar el turno pacientemente; y lo que es sin duda peor, notar cómo se me endurece el cuerpo y se me hincha ligeramente la vena del cuello cada vez que alguien realiza la tres catorce para colocarse delante de mí. A veces tiendo a evitar dejarle hueco y obligarlo sin palabras a que pase detrás, pero de momento -afortunadamente- no he llegado al nivel de montar escándalos públicos al respecto.
1.- Hablar solo: más de una vez me he sorprendido a mí mismo vagabundeando por las calles de la capital del Imperio, farfullando entre dientes sin la ayuda inestimable (y que sirve de excusa juvenil) de un emepetrés para decir en tu defensa que estas canturreando un politono; al contrario, (todavía muy) de vez en cuando se escapan pensamientos reales en voz alta en las ocasiones menos adecuadas. De aquí a conversar con Manuel Torreiglesias al otro lado de la televisión o expresar con insultos la amoralidad de los personajes malvados de una telenovela cualquiera hay sólo una delgada membrana que atravesar.
5.- La más completa de las indiferencias ante los nuevos avances de la industria tecnológica y/o cultural: ya sean teléfonos táctiles, ordenadores portátiles de última generación, películas ganadoras de varios Ojcar o hits rompepistas de los últimos grupos de moda del momento, pasan ante mis ojos como un par de pechos grandes y firmes por la cara de un lobotomizado. No niego su atractivo si cierta gente lo encuentra, pero desde luego no es para mí. Es especialmente claro en el caso de los grupos musicovocales, donde puedo casi asegurar no haber escuchado un grupo de nuevo cuño en los últimos dos años.
4.- Reticencias para conocer sitios nuevos: no es una cerrazón en redondo, pero sí me da una cierta pereza salir de las rutinas habituales y lanzarme a lo desconocido por las buenas, aunque lo desconocido sea algo tan prosaico como un bar de tapas, una sala de cine diferente o un centro comercial.
3.- Repetir en innumerables ocasiones las mismas anécdotas (generalmente con poco interés) a las mismas personas: tiene diferentes variables que también cumplo, como por ejemplo contar exactamente lo mismo que otra persona acaba de decir, repetir dos veces seguidas la misma cantinela por si acaso no se ha entendido bien la primera vez, y hacer tuya una anécdota que te ha contado la persona a la que se lo estás diciendo, donde se cumple una regla no escrita para el buen tirarrollos -plagia todo lo que puedas-, pero se equivoca la diana a la que se lanza el dardo.
2.- Respetar escrupulosamente las colas de los transportes públicos: si bien todos sabemos que las colas de los autobuses (sobre todo en determinadas paradas) son todo un descontrol, un sindiós y un vivalavirgen donde los más avispados de esta ley de la jungla municipal son los que entran primero, de un tiempo a esta parte noto una tendencia a aguardar el turno pacientemente; y lo que es sin duda peor, notar cómo se me endurece el cuerpo y se me hincha ligeramente la vena del cuello cada vez que alguien realiza la tres catorce para colocarse delante de mí. A veces tiendo a evitar dejarle hueco y obligarlo sin palabras a que pase detrás, pero de momento -afortunadamente- no he llegado al nivel de montar escándalos públicos al respecto.
1.- Hablar solo: más de una vez me he sorprendido a mí mismo vagabundeando por las calles de la capital del Imperio, farfullando entre dientes sin la ayuda inestimable (y que sirve de excusa juvenil) de un emepetrés para decir en tu defensa que estas canturreando un politono; al contrario, (todavía muy) de vez en cuando se escapan pensamientos reales en voz alta en las ocasiones menos adecuadas. De aquí a conversar con Manuel Torreiglesias al otro lado de la televisión o expresar con insultos la amoralidad de los personajes malvados de una telenovela cualquiera hay sólo una delgada membrana que atravesar.
domingo, enero 18, 2009
Mordieron los limones (y V)
Aquél día salí de clase sin dejar de pensar en el proyecto de ciencias. Estaba claro que el día clave era hoy. Si todo salía como había planeado alcanzaré la fama mucho antes de lo que creía. Saldré en las portadas de todos los periódicos importantes. Noticias del Mundo me dedicará un monográfico. La prensa extranjera –The Sun, Daily Mirror, Bild Zeitung- se rendirá a mis pies: “El jovencito Frankenstein del Ampurdán”; “El doctor Salisachs catapulta al hombre a las estrellas”. Seguro que también habrá algún envidioso que recelará de mí, que se preguntará si no tengo corazón, pero eso a la larga dará igual. Eran las dos y media de la tarde, mi madre no esperaba en la puerta de la escuela y emprendí solo el camino a casa. Hacía mucho calor. A lo lejos podía sentir un rumor de obras: alguien estaba horadando el asfalto con un martillo neumático. Al otro lado de la carretera, unos operarios estaban embelleciendo el paisaje colocando un anuncio de Benetton en una valla publicitaria. Cuando doblé la esquina no había señales del negro. El quiosco también estaba cerrado. No tenía ningún dato empírico que lo demostrase, pero estaba convencido de que mi corazón no había bombeado sangre con mayor celeridad en toda mi vida. Aún así, tenía que mantener la calma para no llamar la atención de algún vecino. Nada más abrir la puerta de casa me di cuenta de que todo había salido como esperaba. Saqué del frigorífico un cartón de zumo de melocotón y uva que tomé lentamente pero de un sólo trago mientras escuchaba, satisfecho, los golpes sordos, rítmicos, los alaridos que provenían de la habitación. Pero para estar seguro al cien por cien tenía que hacer una última comprobación: me dirigí de puntillas hasta la puerta que amortiguaba el restallar del experimento, la entreabrí delicadamente, eché un rápido vistazo y volví a cerrarla con el mismo cuidado. Lo había conseguido. Saqué el cuaderno donde guardaba el progreso de mi proyecto, me senté a los pies del carillón del salón y, con la sonrisa del trabajo bien hecho, anoté las conclusiones: “Todas las pruebas apuntan al éxito. El origen de los poderes de Spider-Man. El arraigo de los esquejes. La existencia del ligre. Las teorías de Mendel quedarán reducidas a cenizas. Lo siento por papá, pero tiene que comprender que el triunfo de la Ciencia debe estar por encima de cualquier interés personal. Dentro de nueve meses me convertiré en el hermano mayor del Hombre Ácido”.
viernes, enero 16, 2009
Mordieron los limones (IV)
Durante todo el mes siguiente mi madre y yo continuábamos con nuestra rutina: me recogía en el colegio, nos encontrábamos con el negro, me daba dinero, se quedaba allí, compraba un tebeo de superhéroes a sus espaldas, volvíamos a casa. Mi madre al principio había pasado por una etapa hostil cada vez que le pedía dinero. Me decía que las monedas no las regalan en las Tómbolas (eso ya lo sabía), y que cómo un hijo tan tonto como yo podía salirle tan caro. Más adelante me lo daba bastante más indiferente, después alegre, y terminó por dármelo antes de que se lo pidiera. A veces me daba dinero de más y me pedía también que me pasara por la carnicería, el estanco o la tienda de ultramarinos para comprar las cosas más peregrinas y que más adelante raramente utilizaba. Estos sitios quedaban bastante lejos del quiosco y tenía que dar una vuelta un poco más larga, pero me venía mejor. Así me daba tiempo a leer el cómic antes de llegar a casa. Un día, cuando volví a la esquina donde se encontraban mi madre y el negro, me fijé en que ella también estaba intentando morder un limón. Tenía ya una buena parte de él en la boca, pero debió de ocurrirle lo que a mí: sólo dejó una leve marca de sus dientes en la piel del limón y se lo devolvió a su legítimo dueño mientras le miraba fijamente y sonreía, de oreja a oreja, como él. Así que, por este lado, todo marchaba tal y como lo había previsto.
Era la parte más cerebral del experimento, los tebeos, lo que me llevaba a las conclusiones más claras. De no haber sido así, habría dado marcha atrás con mi plan antes de que se cumpliera. Tras haber leído los orígenes de unos cuantos superhéroes había llegado a unas conclusiones diáfanas que anoté en la bitácora del proyecto: Spider-Man había conseguido sus poderes gracias a la mordedura de una araña radiactiva. El Capitán América recibió los suyos tras haberle sido inoculado el suero del supersoldado. Todo el cuerpo de Estela Plateada fue imbuido por el poder cósmico de Galactus. Los Cuatro Fantásticos se convirtieron en tales después de que los rayos cósmicos atravesasen sus cuerpos en el espacio exterior. Todos los X-Men sin excepción habían heredado sus poderes de nacimiento gracias a la particular genética de sus progenitores. Capa y Puñal fueron los conejillos de indias de una droga experimental de desastrosos resultados. Jack Napier resbaló y cayó en una tinaja a rebosar de residuos tóxicos antes de convertirse en el Joker. El Caballero Luna estaba poseído por una deidad del Antiguo Egipto… Todo está tan claro que hasta da miedo que nadie se haya dado cuenta antes.
Llegó el día en que mi padre, intrigado por el devenir de mi proyecto, me pidió que le dejara leer el cuaderno del experimento. Al principio me negué, le dije que era algo muy personal y que todavía no había llegado a mi objetivo principal. Pero él insistió. Me dijo que la semana que viene tenía que ir a la capital y que nada le molestaría más que presentara el proyecto en esos días sin que él se hubiese enterado de nada. Así que al final cedí y se lo dejé. No podía dejar de reírse a carcajadas cada vez que leía una frase. Al final lo cerró y me preguntó que si no me había entendido mal y el proyecto era de Literatura, porque de Ciencias Naturales ese desvarío sin pies ni cabeza no podía ser en absoluto. ¿Superhéroes? Jaumita, por el amor de Dios, pensaba que a tu edad ya no tendría que explicarte esto, pero ¿acaso has visto alguna vez a un tipo con leotardos chillones sobrevolando la ciudad? Si presentas esto en clase vas a hacer el mayor de los ridículos. Si quieres, puedo ayudarte a sacar un plan B para salir del paso. Quizá alguna bomba fétida o algo por el estilo…
Me puse rojo de ira y me encerré en mi habitación. No había entendido nada de lo que había escrito… pero bueno, mejor. Este pobre idiota se merecía todo lo que le va a pasar y no tendré ya ningún remordimiento por ello. Además, que se largue de casa durante una semana y que mi madre ni se haya dado cuenta de que justo la semana que viene empiezo el horario reducido de verano facilitará y mucho las cosas.
Era la parte más cerebral del experimento, los tebeos, lo que me llevaba a las conclusiones más claras. De no haber sido así, habría dado marcha atrás con mi plan antes de que se cumpliera. Tras haber leído los orígenes de unos cuantos superhéroes había llegado a unas conclusiones diáfanas que anoté en la bitácora del proyecto: Spider-Man había conseguido sus poderes gracias a la mordedura de una araña radiactiva. El Capitán América recibió los suyos tras haberle sido inoculado el suero del supersoldado. Todo el cuerpo de Estela Plateada fue imbuido por el poder cósmico de Galactus. Los Cuatro Fantásticos se convirtieron en tales después de que los rayos cósmicos atravesasen sus cuerpos en el espacio exterior. Todos los X-Men sin excepción habían heredado sus poderes de nacimiento gracias a la particular genética de sus progenitores. Capa y Puñal fueron los conejillos de indias de una droga experimental de desastrosos resultados. Jack Napier resbaló y cayó en una tinaja a rebosar de residuos tóxicos antes de convertirse en el Joker. El Caballero Luna estaba poseído por una deidad del Antiguo Egipto… Todo está tan claro que hasta da miedo que nadie se haya dado cuenta antes.
Llegó el día en que mi padre, intrigado por el devenir de mi proyecto, me pidió que le dejara leer el cuaderno del experimento. Al principio me negué, le dije que era algo muy personal y que todavía no había llegado a mi objetivo principal. Pero él insistió. Me dijo que la semana que viene tenía que ir a la capital y que nada le molestaría más que presentara el proyecto en esos días sin que él se hubiese enterado de nada. Así que al final cedí y se lo dejé. No podía dejar de reírse a carcajadas cada vez que leía una frase. Al final lo cerró y me preguntó que si no me había entendido mal y el proyecto era de Literatura, porque de Ciencias Naturales ese desvarío sin pies ni cabeza no podía ser en absoluto. ¿Superhéroes? Jaumita, por el amor de Dios, pensaba que a tu edad ya no tendría que explicarte esto, pero ¿acaso has visto alguna vez a un tipo con leotardos chillones sobrevolando la ciudad? Si presentas esto en clase vas a hacer el mayor de los ridículos. Si quieres, puedo ayudarte a sacar un plan B para salir del paso. Quizá alguna bomba fétida o algo por el estilo…
Me puse rojo de ira y me encerré en mi habitación. No había entendido nada de lo que había escrito… pero bueno, mejor. Este pobre idiota se merecía todo lo que le va a pasar y no tendré ya ningún remordimiento por ello. Además, que se largue de casa durante una semana y que mi madre ni se haya dado cuenta de que justo la semana que viene empiezo el horario reducido de verano facilitará y mucho las cosas.
miércoles, enero 14, 2009
Mordieron los limones (III)
Mi madre vino a buscarme todos los días a las cuatro y media a la escuela como prometió, aunque dejó claro que lo hacía a regañadientes. Según ella, tenía que sacar muchas figuras que quedaban escondidas a los ojos de los demás en sus piedras de granito. Es extraño, porque yo siempre he pensado que si están ocultas en el pedrusco por algo será. Si quisieran exhibirse como un caballo encabritado, como el rostro del Papa Juan Pablo segundo o como un peine de cien metros de largo ya lo habrían hecho por ellas mismas desde hace tiempo, y si lo haces contra su voluntad milenaria sería algo así como vulnerar su derecho neolítico a la intimidad. Pero bueno, no soy quién para preguntarme esas cosas, mi interés por la escultura y el arte en general es escaso. Lo mío, que quede claro, es la Ciencia.
Seguimos caminando hasta que, al doblar la esquina, el negro, alto e imponente como un gigantesco totem de látex, volvió a aparecer. Parecía ser de ideas fijas, ya que de nuevo se estaba tomando su limón a la hora del té. Me reconoció y me saludó amistosamente. Le devolví el saludo y, en ese momento, fingí que acababa de recordar algo muy importante. Le di un leve tirón a las faldas de mi madre y le pedí una moneda de veinte duros para comprar algo que necesitaba para el experimento. Mi madre debió de pensar que actuaba así porque el negro me daba miedo, asco o ambas cosas; así que me dio el dinero y, para dar ejemplo, se quedó hablando con él de lo típico que se comenta con un desconocido para romper el silencio incómodo: del tiempo, de lo que había subido el pan, de los nuevos centros comerciales... Entre tanto, con toda esa fortuna entre mis dedos, me planté en el quiosco y me compré un tebeo de Spider-Man con la portada a todo color en la que aparecía luchando contra un señor muy viejo con unas alas enormes al que llamaban el Buitre. Lo guardé dentro de la mochila, escondido entre los libros de texto, y volví al lugar donde estaban esperándome el negro y mi madre en menos de cinco minutos. Ella me dio una afectuosa colleja, me preguntó dónde coño me había metido y se despidió cortésmente de él.
Cuando llegamos a casa mi padre estaba viendo un documental que emitían en el UHF sobre el mundo vegetal. Al parecer, los botánicos a lo largo de los siglos habían catalogado los árboles en diferentes familias, y mediante injertos de ramas de un árbol en otros árboles que exteriormente nada tenían que ver con él pero que formaban parte de esa misma familia, habían conseguido que esas ramas prosperaran, se enlazaran en ese árbol y dieran unas veces su fruto originario y otras veces el fruto del árbol parasitado con algunas propiedades-sustrato del suyo propio. Esto me interesaba. Saqué el cuaderno que tenía preparado para anotar la evolución de mi proyecto de clase y lo escribí. Mi padre dijo que mediante los injertos se había conseguido que las aceitunas salieran rellenas de anchoa desde el propio árbol, pero eso no lo escribí porque creo que estaba bromeando. Una anchoa es un pez.
Seguimos caminando hasta que, al doblar la esquina, el negro, alto e imponente como un gigantesco totem de látex, volvió a aparecer. Parecía ser de ideas fijas, ya que de nuevo se estaba tomando su limón a la hora del té. Me reconoció y me saludó amistosamente. Le devolví el saludo y, en ese momento, fingí que acababa de recordar algo muy importante. Le di un leve tirón a las faldas de mi madre y le pedí una moneda de veinte duros para comprar algo que necesitaba para el experimento. Mi madre debió de pensar que actuaba así porque el negro me daba miedo, asco o ambas cosas; así que me dio el dinero y, para dar ejemplo, se quedó hablando con él de lo típico que se comenta con un desconocido para romper el silencio incómodo: del tiempo, de lo que había subido el pan, de los nuevos centros comerciales... Entre tanto, con toda esa fortuna entre mis dedos, me planté en el quiosco y me compré un tebeo de Spider-Man con la portada a todo color en la que aparecía luchando contra un señor muy viejo con unas alas enormes al que llamaban el Buitre. Lo guardé dentro de la mochila, escondido entre los libros de texto, y volví al lugar donde estaban esperándome el negro y mi madre en menos de cinco minutos. Ella me dio una afectuosa colleja, me preguntó dónde coño me había metido y se despidió cortésmente de él.
Cuando llegamos a casa mi padre estaba viendo un documental que emitían en el UHF sobre el mundo vegetal. Al parecer, los botánicos a lo largo de los siglos habían catalogado los árboles en diferentes familias, y mediante injertos de ramas de un árbol en otros árboles que exteriormente nada tenían que ver con él pero que formaban parte de esa misma familia, habían conseguido que esas ramas prosperaran, se enlazaran en ese árbol y dieran unas veces su fruto originario y otras veces el fruto del árbol parasitado con algunas propiedades-sustrato del suyo propio. Esto me interesaba. Saqué el cuaderno que tenía preparado para anotar la evolución de mi proyecto de clase y lo escribí. Mi padre dijo que mediante los injertos se había conseguido que las aceitunas salieran rellenas de anchoa desde el propio árbol, pero eso no lo escribí porque creo que estaba bromeando. Una anchoa es un pez.
lunes, enero 12, 2009
Mordieron los limones (II)
Así divagaba desperdiciando ese tiempo T que, aunque digan que es muy importante y valioso, en las circunstancias en las que tenía que recorrer andando el espacio E que había entre la escuela y mi casa, y teniendo en cuenta la velocidad constante V que mantenía durante ese recorrido, era un tiempo T básicamente inútil. O al menos eso pensaba hasta que doblé la esquina. Apoyado en la pared de un edificio de ladrillo rojo de nueva construcción, apareció la figura de un musculoso negro, tan negro que casi parecía azul, un portento ecuménico de su raza que, en ese momento, se llevaba con la mano izquierda un limón entero a su boca, lo mordía, y llegaba a rebosar por la comisura de sus labios buena parte del jugoso ácido cítrico. Esto último me dejó en estado de shock, paralizado y con la boca abierta. El negro, cuando se dio cuenta, separó sus labios tanto como Moisés hizo con las aguas del Nilo, hasta formar una de las sonrisas más radiantes que se han llegado a ver a este lado de la depresión del Ebro, lo que me dejó aún más impactado si cabe: a pesar de que esperaba que el esmalte de esa dentadura estuviera abrasado por el ácido, este hombre tenía los dientes más blancos que había visto nunca; ¡y lo que es más, ni una sola llaga en la boca! El negro seguía ahí, riéndose, y me extendió el limón para que yo también lo mordiera. Así lo hice. Quería comprobar una última cosa: el limón podría ser falso, una manzana disfrazada, como si fuera uno de esos helados con forma de limón pero que no son un cítrico propiamente dicho, como si el limón fuera de atrezzo. Pero no, en cuanto lo mordí y su repugnante jugo llegó a mi paladar me di cuenta de que era uno auténtico, o más que eso, como si hubiera sido modificado genéticamente para convertirse en una fruta natural con esencia de concentrado de limón. También me fijé en que el sudor del negro -no era exactamente así pero me cuesta encontrar una imagen más adecuada-, estaba corroyendo su ropa; cada gota del mismo que caía en su camisa comenzaba a devorar el color en ese punto y sus alrededores. Así que se lo devolví y me fui corriendo, no por miedo, sino por estar preso de una excitación que no lograba explicarme del todo, como si de repente supiera lo que tenía que hacer.
En casa estaban mis padres, Oleguer Salisachs y Meritxell Taboada. Mi padre era comercial de una firma de productos agrícolas y cada dos meses tenía que marcharse una semana a la capital para rendir cuentas de lo vendido. Mi madre trabajaba en casa cincelando pedruscos. Cuando les conté lo que había visto no mostraron ningún tipo de extrañeza, a pesar de que recalqué varias veces (joder madre, que se lo comía con cáscara y todo) todas y cada una de las cosas que pude ver. Insistí tanto que mi madre accedió a recogerme a la salida del colegio todas las tardes, algo que venía como anillo al dedo para mis intereses, a pesar de que ella pensase que me alegraba porque tenía miedo. También les hablé de que el profesor de ciencias nos había pedido un trabajo. Mi padre me dijo que si ya sabía lo que iba a hacer, y le mentí diciendo que tenía de momento sólo una vaga idea. Mi madre me preguntó cuál era, y le contesté con malicia. Que no se preocupara, que en cuanto lo tuviera claro sería la primera en enterarse.
En casa estaban mis padres, Oleguer Salisachs y Meritxell Taboada. Mi padre era comercial de una firma de productos agrícolas y cada dos meses tenía que marcharse una semana a la capital para rendir cuentas de lo vendido. Mi madre trabajaba en casa cincelando pedruscos. Cuando les conté lo que había visto no mostraron ningún tipo de extrañeza, a pesar de que recalqué varias veces (joder madre, que se lo comía con cáscara y todo) todas y cada una de las cosas que pude ver. Insistí tanto que mi madre accedió a recogerme a la salida del colegio todas las tardes, algo que venía como anillo al dedo para mis intereses, a pesar de que ella pensase que me alegraba porque tenía miedo. También les hablé de que el profesor de ciencias nos había pedido un trabajo. Mi padre me dijo que si ya sabía lo que iba a hacer, y le mentí diciendo que tenía de momento sólo una vaga idea. Mi madre me preguntó cuál era, y le contesté con malicia. Que no se preocupara, que en cuanto lo tuviera claro sería la primera en enterarse.
domingo, enero 11, 2009
Mordieron los limones (I)
Era demasiado oscuro y profundo. ¿Cómo es posible que del cruce de un guisante amarillo puro y otro verde puro salgan siempre guisantes amarillos? ¿Por qué no salen guisantes mitad amarillos mitad verdes, verdes por fuera y amarillos por dentro, o verdes con una espiral amarilla que los recorra de arriba abajo? ¿Qué clase de Dios permitía esto?
Antes de mandarnos el trabajo de fin de curso, el profesor de Ciencias Naturales nos explicó la primera de las leyes de Mendel. A mí me parece que esta ley es injusta y cruel. Y errónea, sobre todo errónea. Mira por ejemplo el ligre, ese monstruo que vi en el circo hace un par de meses y que, según me contó mi padre, era hijo del cruce antinatural entre una tigresa y un león, un gigantesco león a rayas y con las patas cortas, muy cortas. Mitad de uno y mitad de otro, nada de que saliera un perfecto tigre del experimento. Este animal, a su vez, podía procrear de nuevo con un león o con un tigre, formando las variantes le-ligre o ti-ligre. ¿Hasta dónde podía llegar el linaje de este bicho? ¿Llegaría yo, el futuro genetista Don Jaume Salisachs Taboada, a contemplar un le-ti-ti-ti-le-le-ti-le-le-ti-le-ligr…?
Antes de mandarnos el trabajo de fin de curso, el profesor de Ciencias Naturales nos explicó la primera de las leyes de Mendel. A mí me parece que esta ley es injusta y cruel. Y errónea, sobre todo errónea. Mira por ejemplo el ligre, ese monstruo que vi en el circo hace un par de meses y que, según me contó mi padre, era hijo del cruce antinatural entre una tigresa y un león, un gigantesco león a rayas y con las patas cortas, muy cortas. Mitad de uno y mitad de otro, nada de que saliera un perfecto tigre del experimento. Este animal, a su vez, podía procrear de nuevo con un león o con un tigre, formando las variantes le-ligre o ti-ligre. ¿Hasta dónde podía llegar el linaje de este bicho? ¿Llegaría yo, el futuro genetista Don Jaume Salisachs Taboada, a contemplar un le-ti-ti-ti-le-le-ti-le-le-ti-le-ligr…?
domingo, diciembre 14, 2008
¿Qué clase de filólogo eres?
Desde hace unos meses he venido compaginando la labor de actualización de este vuestro blog mientras que abría nuevos horizontes en nuevas redes sociales. Una de ellas es Facebook. O lo que es lo mismo: cómo seguir siendo un quinceañero de corazón y que además esté bien visto por la gente que te rodea. ¡Pero qué os voy a contar, oh modernos seguidores, que no sepais!
Dentro de las cuasi infinitas maneras de perder el tiempo dentro de esta comunidad (ejemplos: mandar cromos de jugadores míticos del Atlético de Madrid, recordar presentadores venidos a menos, enviar insultos en català, regalos nostálgicos de la década de los ochenta tipo caramelos escalofrío, estrellas del Bollywood clásico y tantas otras) tienes además la posibilidad de crear tu propia aplicación con la que contribuir a seguir llenando la red de detritus. En mi caso, y con toda la malicia de la que soy capaz, me he decantado por poner un test -siempre me he declarado fan absoluto de este tipo de cosas- que, por increíble que parezca, se ha ido extendiendo como la Peste Negra por sí solo. Si sientes curiosidad, pulsa en el enlace de aquí abajo. Pero cuidado, si lo haces, será por tu cuenta y riesgo.
Facebook | ¿Qué clase de filólogo eres?
Dentro de las cuasi infinitas maneras de perder el tiempo dentro de esta comunidad (ejemplos: mandar cromos de jugadores míticos del Atlético de Madrid, recordar presentadores venidos a menos, enviar insultos en català, regalos nostálgicos de la década de los ochenta tipo caramelos escalofrío, estrellas del Bollywood clásico y tantas otras) tienes además la posibilidad de crear tu propia aplicación con la que contribuir a seguir llenando la red de detritus. En mi caso, y con toda la malicia de la que soy capaz, me he decantado por poner un test -siempre me he declarado fan absoluto de este tipo de cosas- que, por increíble que parezca, se ha ido extendiendo como la Peste Negra por sí solo. Si sientes curiosidad, pulsa en el enlace de aquí abajo. Pero cuidado, si lo haces, será por tu cuenta y riesgo.
Facebook | ¿Qué clase de filólogo eres?
I remember your wife fondly, Ralph
Como estaréis viendo ahora mismo, desde hoy se estrena un nuevo cambio de look en la página. Un cambio forzado a medias, ya que si quería poner nuevos cachivaches en la página me veía sutilmente forzado a modificar la plantilla, que ha debido de quedar desactualizada por vete-a-saber-qué motivos (hasta donde llega mi pobre entendimiento de hombre del siglo XX sigo haciendo básicamente lo mismo que antes: aporrear machaconamente el teclado para rellenar una cuadrícula con letras, escribir el mismo código para emplear la negrita y la cursiva, los mismos enlaces y las mismas pegatinas de Llutiub). Así que desaparece por segunda vez la famélica musa que daba la bienvenida a la entrada de este blog para posiblemente no volver a aparecer jamás. A cambio, tenéis una silueta de pin-up dentro de una copa de cóctel y un estallido de luz y color sin precedentes por estos lares: adiós al negro católico isabelesco -que servía de nexo común a dos comunidades tan importantes para este blog como son la góticosiniestra y la de ancianas de provincias- por un azul marino, un verde turquesa, un naranja naranja y un gris vulgar que espero que haga vuestras delicias. ¿Demasiado derroche para este blog, que desde que se inauguró parece que está dando sus últimos coletazos, como la abuela que todas las Navidades se pone a llorar diciendo que van a ser las últimas para ella y al final sobrevivirá a tu propio entierro?
Posiblemente.
Posiblemente.
domingo, noviembre 30, 2008
Roll with you
Aunque no es muy habitual que recomiende cosas desde este blog, creo que por una vez la ocasión lo merece. Eli "Paperboy" Reed & The True Lovers actúan el día 12 de Diciembre en Joy Eslava. Así que si queréis aparcar a un lado las aburridas cenas de empresa tan típicas de la época y queréis mover un rato el esqueleto como cuando érais unos jovenzuelos, ésta es una alternativa más que potable.
jueves, noviembre 27, 2008
Baño de Masas
A principios de Octubre (lo que viene llamándose la temporada Otoño-Invierno) comencé a asistir junto con él a unos talleres promovidos por la red de centros culturales del Excmo. ayuntamiento de la capital del reino; y que más tarde o más temprano su temática y sus resultados irán saliendo a la luz en este vuestro blog. Pero en cualquier caso, cumplen con las condiciones mínimas que exigía a priori para hacer el esfuerzo de desplazarme entre semana lejos del domicilio unifamiliar, y hacer algo diferente a fijar la mirada en un ángulo oscuro de mi habitación contemplando pacientemente la generación de una telaraña: estar formado por un grupo heterogéneo de personas provenientes de diferentes estratos sociales pero por los que merece la pena vivir en una gran urbe (jubilados, amas de casa, treintañeras histéricas y un par de jovencitos a un nivel mucho más bajo que los demás pero que sirven para rebajar el más que probable efecto de síndrome de Stendhal que provoca la fusión de los grupos anteriores); no exigir demasiado a cambio, y poder apropiarme de frases y comentarios que surgieran en esas clases para poder tirarme el rollo como todo hijo de vecino en alguna conversación superficial. De momento no me puedo quejar: todas esas premisas se están cumpliendo con mano firme y la precisión de un reloj suizo o de un cirujano plástico adscrito a Corporación Dermoestética. Pero no es el momento de hablar de esto.
La asistencia a estos talleres abrió la veda para dejar escapar la imaginación y comenzar a pensar en la clase de talleres a los que me gustaría asistir y/o dirigir algún día, y que me parecen tan indispensables que no logro comprender cómo es posible que no se hayan llevado todavía a la práctica. Dejo aquí tres ideas:
- Taller de partidos de fútbol míticos. Taller de dos horas de duración con periodicidad semanal que, a grandes rasgos, se dividiría en: visionado de la primera mitad del encuentro, charla-coloquio de quince minutos sobre lo visto, visionado de la segunda mitad, nueva charla-coloquio y ejercicios para hacer en casa de los que hablar en la siguiente clase (folha seca, cola de vaca, rabona, penalty a lo Panenka). Los nueve meses de taller se centrarían en Liga de las Estrellas, Premier League, Calcio Serie A, Liga francesa, Bundesliga, Jupiter League, Copa de la UEFA, Champions League y todos los Atlético de Madrid - Barcelona de la década de los noventa. Creo sinceramente que el éxito de este taller estaría plenamente asegurado.
- Taller de Debate y Oratoria. O lo que es lo mismo, un taller de generación de tertulianos u otra vuelta de tuerca al monólogo tabernario de jugadores de dominó. Como si nos tratásemos de Kirk Cameron, aprenderíamos a sentar cátedra en discusiones inútiles del tipo carne o pescado, los Bítels versus los Rolin Estouns, francófilos contra anglófilos y un largo etcétera. Se prestaría especial atención al empleo de frases introductorias que marquen el carácter del discurso: "No soy un experto en la materia, pero en mi opinión...", "No tenéis ni idea, está claro que...", "Te lo digo yo..." y así ad nauseam.
- Taller de iniciación a la mendicidad. O lo que es lo mismo, un taller de supervivencia urbana en tiempos de crisis. El alumnado recibirá nociones de cómo localizar los cubos de basura donde puedan encontrar los botines más suculentos, aprenderá a dislocarse los brazos y a recolocárselos para obtneer una mayor ganancia en el arte de pedir, memorizará una desgarradora historia personal que dure menos de un minuto para adornar sus intenciones, aprenderá a sondear el espectro de personas presentes en un vagón de Cercanías (número, franja de edad, vestimenta...) para decidir si merece la pena o es mejor pasar al siguiente, y utilización de enunciados básicos en lengua foránea -preferentemente inglés- para enfrentarse en el tête à tête a una víctima potencial. todo esto acompañado de una excursión mensual en la que el grupo se dirigirá a una zona concurrida y pondrá en práctica los conocimientos teóricos adquiridos en ese mes.
La asistencia a estos talleres abrió la veda para dejar escapar la imaginación y comenzar a pensar en la clase de talleres a los que me gustaría asistir y/o dirigir algún día, y que me parecen tan indispensables que no logro comprender cómo es posible que no se hayan llevado todavía a la práctica. Dejo aquí tres ideas:
- Taller de partidos de fútbol míticos. Taller de dos horas de duración con periodicidad semanal que, a grandes rasgos, se dividiría en: visionado de la primera mitad del encuentro, charla-coloquio de quince minutos sobre lo visto, visionado de la segunda mitad, nueva charla-coloquio y ejercicios para hacer en casa de los que hablar en la siguiente clase (folha seca, cola de vaca, rabona, penalty a lo Panenka). Los nueve meses de taller se centrarían en Liga de las Estrellas, Premier League, Calcio Serie A, Liga francesa, Bundesliga, Jupiter League, Copa de la UEFA, Champions League y todos los Atlético de Madrid - Barcelona de la década de los noventa. Creo sinceramente que el éxito de este taller estaría plenamente asegurado.
- Taller de Debate y Oratoria. O lo que es lo mismo, un taller de generación de tertulianos u otra vuelta de tuerca al monólogo tabernario de jugadores de dominó. Como si nos tratásemos de Kirk Cameron, aprenderíamos a sentar cátedra en discusiones inútiles del tipo carne o pescado, los Bítels versus los Rolin Estouns, francófilos contra anglófilos y un largo etcétera. Se prestaría especial atención al empleo de frases introductorias que marquen el carácter del discurso: "No soy un experto en la materia, pero en mi opinión...", "No tenéis ni idea, está claro que...", "Te lo digo yo..." y así ad nauseam.
- Taller de iniciación a la mendicidad. O lo que es lo mismo, un taller de supervivencia urbana en tiempos de crisis. El alumnado recibirá nociones de cómo localizar los cubos de basura donde puedan encontrar los botines más suculentos, aprenderá a dislocarse los brazos y a recolocárselos para obtneer una mayor ganancia en el arte de pedir, memorizará una desgarradora historia personal que dure menos de un minuto para adornar sus intenciones, aprenderá a sondear el espectro de personas presentes en un vagón de Cercanías (número, franja de edad, vestimenta...) para decidir si merece la pena o es mejor pasar al siguiente, y utilización de enunciados básicos en lengua foránea -preferentemente inglés- para enfrentarse en el tête à tête a una víctima potencial. todo esto acompañado de una excursión mensual en la que el grupo se dirigirá a una zona concurrida y pondrá en práctica los conocimientos teóricos adquiridos en ese mes.
lunes, noviembre 17, 2008
Hora de destapar las vergüenzas de juventud
He dedicado buena parte del día de hoy a hacer limpieza de toda clase de cacharros inútiles que tenía criando polvo en casa. Desde luego, eran más de uno y más de dos, pero -mal que me pese- sin llegar a la cantidad mínima por la que encajaría más bien en un glamouroso ciudadano aquejado por el síndrome de Diógenes, y sin la calidad mínima para llegar a verme como un acartonado anticuario. En cualquier caso, eran fruto de la desidia y la pereza para evitar hacer el esfuerzo de abrir una bolsa de plástico, ir derrumbando las columnas de cachivaches encima de ella hasta que quedase a rebosar y abandonarla en un contenedor elegido al azar entre los de materia orgánica, plásticos, cristales y papel y cartón.
Entre las decenas de cosas que han ido a la basura se encontraban: un libro de Sociales de 6º de EGB con algunas hojas dentro entre las que aparecían diferentes gráficas hechas a mano -que siempre me salían descuadradas- del índice anual de temperatura y lluvias dividido en meses del clima continental y mediterráneo; unos apuntes de latín de tercero de BUP (la cuarta declinación Manus Manus, la Guerra de las Galias), revistas de hace cinco o seis años las cuales, por alguna razón hoy ya desconocida u olvidada decidí guardar; unos disquetes de 3 1/2 que contendrían algún avanzado dispositivo dentro como el ms-dos o un disco de arranque (nunca lo sabré, la maldita tecnología corre que se las pela y mi ordenador no dispone de ninguna unidad de disco para leerlo); y, sobre todo, lo más importante: la colección de cintas casete -algunas originales, la mayoría grabadas- que atesoraba y escuchaba hasta la saciedad en la etapa en que lo único que leía era el dorso de los cartones de vino El Conquistador, apoyado en el capó de algún coche con mis amigos del instituto mientras mi melena, orgullosa, ondeaba al compás del cierzo. Sí, señores: estoy hablando de la pubertad.
Como, cuando tenía quince años, además de ser un pringado (hay cosas que no cambian) era virgen, estaba lógicamente enfadado con el mundo. De ahí que el noventa por ciento de esas cintas que escuchaba estuvieran eminentemente marcadas por un denominador común: grupos heavies o punquis radicales reivindicativos de típicos-chicarrones-del-norte: en las cintas aparecían nombres extraños com Kortatu, Negu Gorriak, Eskorbuto, Cicatriz, El Último Ke Zierre, La Polla Records, Su Ta Gar y un largo etcétera que se mezclaban con ídolos del metal del tipo Barricada, Los Suaves, Barón Rojo, Ángeles del Infierno, Saratoga (homenaje), Sangre Azul, Coz, Leño y otros del mismo palo. En definitiva, una lamentable discoteca de quinceañero que coincidía en el hecho de que eran grupos ya viejos cuando yo era joven, por lo que no descartaría en absoluto que, si aún quedan jóvenes jevilongos en esta época, compartan títulos con esta.
¿Qué hacer, pues? Como pequeño homenaje a ese tiempo que no va a volver hasta que, como mínimo, me dé un ataque de Alzheimer y vuelva a mis orígenes involuntariamente, he decidido desempolvar el Gualcman y escucharlas una a una antes de abandonarlas en el ataúd atemporal en el que se convertiría la bolsa del Carrefour en que las deposité. Pero lo peor de todo, lo más sórdido de esta estupidez, es que a medida que las iba escuchando recordaba perfectamente cada una de las letras de las canciones. No sé si mi memoria cada día me da más miedo o estoy más convencido en que mi cerebro ha sido, es y será un contenedor de la información más inútil de la faz de la tierra. Sí, me río yo de Internet.
P.D.: tengo que decir que con las letras de las canciones jevis he estado partiéndome la caja durante horas. Dejaré aquí un par de ejemplos de estrofas que tanto por aquel entonces como ahora me dejaron la piel de gallina (claro que por razones diferentes), y que no merecen caer en el olvido:
Voy acumulando vatios de tensión
soy como un motor en reparación
polo en negativo...
Me cargo a menudo de electricidad
y a veces salta mi diferencial
si no estás a mi lado amor
Quiero tocar tu cuerpo seductor
con un electrón
pero me da descarga y la tensión
me va a calcinar
Barón Rojo "Carga y Descarga"
Vas de cuero y usas jeans
Te gusta privar
Vives de noche, el sol ciega tus ojos
Güeles a vicio y alcohol
Ángeles del Infierno "Fuera de la Ley"
¿Quién decía que la música más divertida siempre era Pop?
Entre las decenas de cosas que han ido a la basura se encontraban: un libro de Sociales de 6º de EGB con algunas hojas dentro entre las que aparecían diferentes gráficas hechas a mano -que siempre me salían descuadradas- del índice anual de temperatura y lluvias dividido en meses del clima continental y mediterráneo; unos apuntes de latín de tercero de BUP (la cuarta declinación Manus Manus, la Guerra de las Galias), revistas de hace cinco o seis años las cuales, por alguna razón hoy ya desconocida u olvidada decidí guardar; unos disquetes de 3 1/2 que contendrían algún avanzado dispositivo dentro como el ms-dos o un disco de arranque (nunca lo sabré, la maldita tecnología corre que se las pela y mi ordenador no dispone de ninguna unidad de disco para leerlo); y, sobre todo, lo más importante: la colección de cintas casete -algunas originales, la mayoría grabadas- que atesoraba y escuchaba hasta la saciedad en la etapa en que lo único que leía era el dorso de los cartones de vino El Conquistador, apoyado en el capó de algún coche con mis amigos del instituto mientras mi melena, orgullosa, ondeaba al compás del cierzo. Sí, señores: estoy hablando de la pubertad.
Como, cuando tenía quince años, además de ser un pringado (hay cosas que no cambian) era virgen, estaba lógicamente enfadado con el mundo. De ahí que el noventa por ciento de esas cintas que escuchaba estuvieran eminentemente marcadas por un denominador común: grupos heavies o punquis radicales reivindicativos de típicos-chicarrones-del-norte: en las cintas aparecían nombres extraños com Kortatu, Negu Gorriak, Eskorbuto, Cicatriz, El Último Ke Zierre, La Polla Records, Su Ta Gar y un largo etcétera que se mezclaban con ídolos del metal del tipo Barricada, Los Suaves, Barón Rojo, Ángeles del Infierno, Saratoga (homenaje), Sangre Azul, Coz, Leño y otros del mismo palo. En definitiva, una lamentable discoteca de quinceañero que coincidía en el hecho de que eran grupos ya viejos cuando yo era joven, por lo que no descartaría en absoluto que, si aún quedan jóvenes jevilongos en esta época, compartan títulos con esta.
¿Qué hacer, pues? Como pequeño homenaje a ese tiempo que no va a volver hasta que, como mínimo, me dé un ataque de Alzheimer y vuelva a mis orígenes involuntariamente, he decidido desempolvar el Gualcman y escucharlas una a una antes de abandonarlas en el ataúd atemporal en el que se convertiría la bolsa del Carrefour en que las deposité. Pero lo peor de todo, lo más sórdido de esta estupidez, es que a medida que las iba escuchando recordaba perfectamente cada una de las letras de las canciones. No sé si mi memoria cada día me da más miedo o estoy más convencido en que mi cerebro ha sido, es y será un contenedor de la información más inútil de la faz de la tierra. Sí, me río yo de Internet.
P.D.: tengo que decir que con las letras de las canciones jevis he estado partiéndome la caja durante horas. Dejaré aquí un par de ejemplos de estrofas que tanto por aquel entonces como ahora me dejaron la piel de gallina (claro que por razones diferentes), y que no merecen caer en el olvido:
Voy acumulando vatios de tensión
soy como un motor en reparación
polo en negativo...
Me cargo a menudo de electricidad
y a veces salta mi diferencial
si no estás a mi lado amor
Quiero tocar tu cuerpo seductor
con un electrón
pero me da descarga y la tensión
me va a calcinar
Barón Rojo "Carga y Descarga"
Vas de cuero y usas jeans
Te gusta privar
Vives de noche, el sol ciega tus ojos
Güeles a vicio y alcohol
Ángeles del Infierno "Fuera de la Ley"
¿Quién decía que la música más divertida siempre era Pop?
lunes, octubre 27, 2008
Manifiesto carcamalista
Cada vez que me dicen que estoy musicalmente avejentado miro para mis adentros -sobre todo en algunos momentos de debilidad cada vez más frecuentes-, admito mi total desinterés por los moviemientos melódicos rompecaderas de hoy en día, y pienso que pueden tener razón. Pero luego, cuando vuelvo a las fuentes en las que, para mal o para bien me han atraído desde que se me cayeron los dientes de leche, y encuentro cosas como esta actuación de Harry "The Hipster" Gibson, me reafirmo en todas y cada una de mis afirmaciones carcas. Ejemplos: "la auténtica vanguardia musical es la que se venía realizando hasta hace cuarenta años", o "desde que los músicos dejaron de comportarse como tales para convertirse en artistas, todo se ha ido al carajo".
domingo, octubre 26, 2008
La pantera de Rilke
Ayer fui a hacer unos recaos a una caja de ahorros de la que, para no hacer publicidad gratuita -y mucho menos en este caso- diré que tiene un oso verde como emblema y utiliza el nombre de la capital del estado en su marca. Hace tiempo solía acudir a otra oficina de esta misma entidad bancaria, a la misma distancia desde mi casa que la nueva, pero dejé de hacerlo. ¿Razones? Hay cientos, pero quiero centrarme en dos.
La primera es puramente paranoica. Para poder acceder al interior de la oficina había que pasar por un arco voltaico, por lo que tenías que dejar todos tus objetos metálicos (emepetrés, gafas, navajas, teléfonos móviles...) en unas taquillas situadas a la entrada. Esto hacía no sólo que estuvieras mirando de reojo continuamente las taquillas mientras que hacías cola, no fuera a ser que algún espabilado se fuera a quedar con todos tus queridos cachivaches; sino que empiezas a preguntarte por el porqué de tanta seguridad. Es cierto, es Aluche, pero no estamos hablando de Beirut o de algún instituto peliculero americano antes de que entre en acción el profesor-exmarine protagonista, así que tanta seguridad te hace sospechar de cualquier cosa. Por lo tanto, voy a la otra que, aun estando sobresaturada por centenares de personas mayores (que posiblemente la hayan elegido por las mismas razones que yo), no dispone de tantos adelantos tecnológicos, lo que me hace sentir mucho más calmado.
La segunda razón es mucho más siniestra. Reconozco que en muchas ocasiones soy un antisocial, pero cuando voy a un sitio por obligación, no me gusta mantener conversaciones informales con desconocidos. Lamentablemente en la primera oficina (a partir de ahora llamada Alcatraz) despachaba un hombre con hondas inquietudes acerca de la vida de los demás, lo que enlentecía sobremanera su labor. Hasta ahí puede ser más o menos comprensible. Pero en la época cuando yo asistía a Alcatraz, generalmente lo hacía porque aún tenía que pagar la matrícula universitaria en varios plazos. Cuando él echaba una hojeada a los papeles y veía que eran de Filología Hispánica, invariablemente preguntaba: "He tenido una duda desde siempre que a lo mejor tú me puedes responder... ¿Cuántas palabras tiene el español?"
Una pregunta muy lícita por otra parte, y que me hacía sentir moderadamente útil. Cuando le respondía, me daba las gracias, después recogía los billetes (primero del Príncipe Felipe con muchos ceros, más tarde otros más feúchos de color amarillento sucio). Pero cuando volvía a los dos meses a pagar el segundo plazo, repetía la misma pregunta. Y también en el tercero, en los del año siguiente y en unos cuantos años posteriores. Al principio lo achacaba a un descuido momentáneo, pero al repetirse la pregunta hasta el infinito fui cayendo en un estado de perpetuo Deja vú cada vez más cargante que tenía que eliminar como fuera.
Pero lo peor de todo sin duda eran mis respuestas. Como, obviamente, no tenía -ni tengo- ni pajolera idea de cuál es el número exacto -ni aproximado- de vocablos -¿qué es un vocablo?- admitidos en nuestro idioma, para no responder con un humillante "no lo sé" lanzaba en cada una de mi visitas números al azar con mi mejor cara de póquer: 6.000, 50.000, 300.000 ("¿Tantas?" "Sí, claro, si seguimos el panhispánico de dudas -no lo olvidaré jamás-"), 180.000, y un sonrojantemente largo etcétera.
La primera es puramente paranoica. Para poder acceder al interior de la oficina había que pasar por un arco voltaico, por lo que tenías que dejar todos tus objetos metálicos (emepetrés, gafas, navajas, teléfonos móviles...) en unas taquillas situadas a la entrada. Esto hacía no sólo que estuvieras mirando de reojo continuamente las taquillas mientras que hacías cola, no fuera a ser que algún espabilado se fuera a quedar con todos tus queridos cachivaches; sino que empiezas a preguntarte por el porqué de tanta seguridad. Es cierto, es Aluche, pero no estamos hablando de Beirut o de algún instituto peliculero americano antes de que entre en acción el profesor-exmarine protagonista, así que tanta seguridad te hace sospechar de cualquier cosa. Por lo tanto, voy a la otra que, aun estando sobresaturada por centenares de personas mayores (que posiblemente la hayan elegido por las mismas razones que yo), no dispone de tantos adelantos tecnológicos, lo que me hace sentir mucho más calmado.
La segunda razón es mucho más siniestra. Reconozco que en muchas ocasiones soy un antisocial, pero cuando voy a un sitio por obligación, no me gusta mantener conversaciones informales con desconocidos. Lamentablemente en la primera oficina (a partir de ahora llamada Alcatraz) despachaba un hombre con hondas inquietudes acerca de la vida de los demás, lo que enlentecía sobremanera su labor. Hasta ahí puede ser más o menos comprensible. Pero en la época cuando yo asistía a Alcatraz, generalmente lo hacía porque aún tenía que pagar la matrícula universitaria en varios plazos. Cuando él echaba una hojeada a los papeles y veía que eran de Filología Hispánica, invariablemente preguntaba: "He tenido una duda desde siempre que a lo mejor tú me puedes responder... ¿Cuántas palabras tiene el español?"
Una pregunta muy lícita por otra parte, y que me hacía sentir moderadamente útil. Cuando le respondía, me daba las gracias, después recogía los billetes (primero del Príncipe Felipe con muchos ceros, más tarde otros más feúchos de color amarillento sucio). Pero cuando volvía a los dos meses a pagar el segundo plazo, repetía la misma pregunta. Y también en el tercero, en los del año siguiente y en unos cuantos años posteriores. Al principio lo achacaba a un descuido momentáneo, pero al repetirse la pregunta hasta el infinito fui cayendo en un estado de perpetuo Deja vú cada vez más cargante que tenía que eliminar como fuera.
Pero lo peor de todo sin duda eran mis respuestas. Como, obviamente, no tenía -ni tengo- ni pajolera idea de cuál es el número exacto -ni aproximado- de vocablos -¿qué es un vocablo?- admitidos en nuestro idioma, para no responder con un humillante "no lo sé" lanzaba en cada una de mi visitas números al azar con mi mejor cara de póquer: 6.000, 50.000, 300.000 ("¿Tantas?" "Sí, claro, si seguimos el panhispánico de dudas -no lo olvidaré jamás-"), 180.000, y un sonrojantemente largo etcétera.
viernes, octubre 10, 2008
Portentos capitalinos I: Costumbrismo o barbarie
Quien más quien menos, todos los que vivimos en la capital del Imperio hemos pasado nuestro buen centenar de veces por la Puerta del Sol. En ella, además del lustroso cartel publicitario de Tío Pepe, unas cuantas centenas de turistas, un poker de hombres-anuncio compradores de oro (una profesión que desde siempre me ha encandilado y me hubiera gustado catar, una pena que ya no vaya a poder ser), una señora de brazos cortos y tatuados sentada en el suelo con un cartel de cartón en sus rodillas, y unas vallas pintadas de paisaje urbano que ocultan las sempiternas obras de remodelación típicamente madrileñas, se dan cita las más crucifelantes manifestaciones de toda la ciudad. Bajo una cobertura mínima y precarios medios, se van reemplazando una tras otra sentadas en favor de los derechos de los conejos de orejas caídas, partidarios de la Falange Auténtica Verdadera Total Joseantoniana, correligionarios de la doctrina Sikhista buscando fieles, asociaciones culturales que piden un puesto como embajador de la FAO en la lucha contra el hambre para Pitingo, y un largo etcétera. Pero de todas las que han ido pasando ante mis ojos, la que más me ha impactado ha sido ésta:

Sí, efectivamente se trata de lo que estáis viendo: Un señor, que bien podría ser un lector de este blog (pocas cosas en el mundo me harían más ilusion) con un ojo de cartulina pintarrajeado con rotuladores Carioca cubriéndole la cabeza, y sosteniendo con ambas manos un eslogan con el que no puedo estar más de acuerdo, y que me encargaré de que me sirva de epitafio cuando los gusanos se coman lo que los cristianos no hayan disfrutado. Pequeñas cosas como ésta me hacen pensar cada día más que, a pesar de las muchas taras que se pueden aducir en su contra, Madrid merece ser, como mínimo, la capital del mundo.
Sí, efectivamente se trata de lo que estáis viendo: Un señor, que bien podría ser un lector de este blog (pocas cosas en el mundo me harían más ilusion) con un ojo de cartulina pintarrajeado con rotuladores Carioca cubriéndole la cabeza, y sosteniendo con ambas manos un eslogan con el que no puedo estar más de acuerdo, y que me encargaré de que me sirva de epitafio cuando los gusanos se coman lo que los cristianos no hayan disfrutado. Pequeñas cosas como ésta me hacen pensar cada día más que, a pesar de las muchas taras que se pueden aducir en su contra, Madrid merece ser, como mínimo, la capital del mundo.
martes, septiembre 30, 2008
El perro Mistetas
Soy un poco especialito para el llamado humor "profesional". Especialito en el sentido de que soy muy crítico. Si ya soy un amargado de por sí, no hay muchas cosas que me hagan soltar la carcajada. Ejercitando un poco la memoria histórica humorística Martes y Trece me parecían tremendamente malos. Los morancos y, por ende, todos los graciosetes meridionalistas subsiguientes merecen estar colgados boca abajo el resto de sus días. ¿Florentino Fernandez a.k.a Crispin Klander? Vamos no me jodas. ¿Muchachada Nui? De lo mejorcito actualmente, pero para mi gusto les falta algo, son originales pero se quedan a mitad de camino. ¿Monologuistas al estilo club de la comedia? Todos, sin excepción, tendrían que estar picando piedra en alguna cantera abisal situada en lo más profundo del desierto de los Monegros.
Y sé que me dejo miles, y hay muchos que merecen aparecer en una lista como esta; pero uno de los pocos animales del escenario (posiblemente además los primeros, ya desde que era pequeño no podía evitar reírme con ellos por tiempo indefinido) a los que salvo de la quema y les coloco un cum laude son Faemino y Cansado. A mi gusto representan la quintaesencia del madrileñismo mucho mejor que ningún otro.
Nota mental: me prometí a mí mismo verles en directo una vez al año y hará tres que no lo cumplo, tengo que ponerme al día.
Y sé que me dejo miles, y hay muchos que merecen aparecer en una lista como esta; pero uno de los pocos animales del escenario (posiblemente además los primeros, ya desde que era pequeño no podía evitar reírme con ellos por tiempo indefinido) a los que salvo de la quema y les coloco un cum laude son Faemino y Cansado. A mi gusto representan la quintaesencia del madrileñismo mucho mejor que ningún otro.
Nota mental: me prometí a mí mismo verles en directo una vez al año y hará tres que no lo cumplo, tengo que ponerme al día.
domingo, septiembre 28, 2008
Un débil rayo de esperanza
"A mí siempre me daba mucha pena comer vegetales, con esos colores que tienen y que huelen tan bien... Yo pensaba que había que comerse a los animales, porque huelen mal y llenan las calles de porquería."
Estas sabias palabras del cantante de Glutamato Ye Ye nos sirven para refugiarnos cuando nos dé algún ataque de misantropía. Y es que la cosa está bastante delicada ultimamente. Se podría decir que la facultad de hacer oes con canutos se está convirtiendo en una exageración -cuanto menos- optimista.
Formulando una hipótesis sociológica de garrafón, podría decirse que las sociedades decadentes occidentales (benditas sean) se rigen por alternancias ciclotímicas entre el dominio de los mediocres y el de los horteras. Obviamente hay etapas manieristas intermedias, de horteras-mediocres (basta leer este vuestro blog) o de mediocres-horteras. Como supongo (por pura estadística) que habrá algún lector de esta bitácora que será universitario (¡o incluso diplomado!), voy a poner un ejemplo gráfico intelectualoide de estos ciclos:
Barroco -> Neoclásico -> Romanticismo -> Realismo
(Hortera) -> (Mediocre) -> (Hortera) -> (Mediocre)
Bajo mi humilde opinión personal, creo que ahora estamos alineados bajo los planetas de lo mediocre. Pero siendo optimistas, y a pesar de que la oposición va a ser dura, es posible que se esté vislumbrando un nuevo cambio hacia lo hortera (¿A mejor? ¿A peor? Chi lo sa). Un débil rayo de esperanza como éste, además de hacerme volver a creer en que el ser humano es bueno por naturaleza, puede ser un reflejo de ese cambio.


¿Puede haber un concierto más repulsivo?
Estas sabias palabras del cantante de Glutamato Ye Ye nos sirven para refugiarnos cuando nos dé algún ataque de misantropía. Y es que la cosa está bastante delicada ultimamente. Se podría decir que la facultad de hacer oes con canutos se está convirtiendo en una exageración -cuanto menos- optimista.
Formulando una hipótesis sociológica de garrafón, podría decirse que las sociedades decadentes occidentales (benditas sean) se rigen por alternancias ciclotímicas entre el dominio de los mediocres y el de los horteras. Obviamente hay etapas manieristas intermedias, de horteras-mediocres (basta leer este vuestro blog) o de mediocres-horteras. Como supongo (por pura estadística) que habrá algún lector de esta bitácora que será universitario (¡o incluso diplomado!), voy a poner un ejemplo gráfico intelectualoide de estos ciclos:
Barroco -> Neoclásico -> Romanticismo -> Realismo
(Hortera) -> (Mediocre) -> (Hortera) -> (Mediocre)
Bajo mi humilde opinión personal, creo que ahora estamos alineados bajo los planetas de lo mediocre. Pero siendo optimistas, y a pesar de que la oposición va a ser dura, es posible que se esté vislumbrando un nuevo cambio hacia lo hortera (¿A mejor? ¿A peor? Chi lo sa). Un débil rayo de esperanza como éste, además de hacerme volver a creer en que el ser humano es bueno por naturaleza, puede ser un reflejo de ese cambio.
¿Puede haber un concierto más repulsivo?
martes, septiembre 23, 2008
Bottom of the pops
Uno de los puntos fuertes del órgano Hammond consiste en poderte llevar tranquilamente tu caniche al concierto que vas a dar en -por ejemplo- una televisión de la repúlica federal alemana sin que desentone lo más mínimo en el conjunto. Y si no, que se lo pregunten a Cherry Wainer, sin duda mi organista sudafricana favorita de todos los tiempos.
jueves, septiembre 18, 2008
Cambio de look
Hace un par de días decidí innovar un poco y cambiar mis -ya algo repetitivos- hábitos psicoestéticos, que básicamente consistían en (a falta de cabello en el cráneo) o bien una línea vertical que dividiera verticalmente el mentón en dos, o bien una profusa barba descuidada de más de una semana, hija sin duda de la pereza y la dejadez más que de una planificación selectiva para llegar a parecerme a algún hirsuto icono del comunismo, el Islam o la mendicidad.
Muchos de los lectores machos de este blog habrán realizado pruebas más de una vez (y quien no lo haya hecho no sólo no tiene alma, sino tampoco habrá disfrutado mínimamente de su primera juventud) en el momento del afeitado con su vello facial: unas patillas de hacha que casi enlazasen una con otra, un bigote al viejo estilo hitleriano o un afeitado de sólo la mitad de la cara; para después hacerse un par de fotos y volver a la imagen tradicional. Pero un bigote, un bigote... un bigote es un oscuro objeto de deseo para el hombre, atrayente y repulsivo a la vez. No hay nada, ni el devenir de las grandes fortunas, ni los estraperlistas, ni siquiera la propia familia Franco-Polo, que haya sufrido más la caída del régimen dictatorial que el descrédito y el aislamiento al que se ha visto sometido el cultivo a la imagen del mostacho, convertido en todo un símbolo de derechas. ¡Una clara injusticia!
Así que ni corto ni perezoso, me deshice de la pelusa vertical de la barbilla y, como si estuviera utilizando un delicado ejercicio de Photoshop, corté y pegué horizontalmente hasta dejarlo encima de mi labio superior. Y esta vez se ha quedado ahí de verdad.
Durante estos dos días he estado recabando opiniones de todo tipo acerca de esta nueva imagen y los resultados han sido los esperados. La comparación más común ha sido "Pareces un guardia civil", seguida muy de cerca por "los grises" y "la secreta". La última ha sido una que considero bastante acertada: el bigote le daba la sensación como si estuviera de mala hostia permanente. Y el caso es que, cuando me miro al espejo, al no estar todavía acostumbrado a él, me da algo de miedo. Parece como si hubiera ganado años de la noche a la mañana, como si estuviera aún más amargado, más solo, peor.
Pero me gusta. De momento se queda ahí por tiempo indefinido.
Muchos de los lectores machos de este blog habrán realizado pruebas más de una vez (y quien no lo haya hecho no sólo no tiene alma, sino tampoco habrá disfrutado mínimamente de su primera juventud) en el momento del afeitado con su vello facial: unas patillas de hacha que casi enlazasen una con otra, un bigote al viejo estilo hitleriano o un afeitado de sólo la mitad de la cara; para después hacerse un par de fotos y volver a la imagen tradicional. Pero un bigote, un bigote... un bigote es un oscuro objeto de deseo para el hombre, atrayente y repulsivo a la vez. No hay nada, ni el devenir de las grandes fortunas, ni los estraperlistas, ni siquiera la propia familia Franco-Polo, que haya sufrido más la caída del régimen dictatorial que el descrédito y el aislamiento al que se ha visto sometido el cultivo a la imagen del mostacho, convertido en todo un símbolo de derechas. ¡Una clara injusticia!
Así que ni corto ni perezoso, me deshice de la pelusa vertical de la barbilla y, como si estuviera utilizando un delicado ejercicio de Photoshop, corté y pegué horizontalmente hasta dejarlo encima de mi labio superior. Y esta vez se ha quedado ahí de verdad.
Durante estos dos días he estado recabando opiniones de todo tipo acerca de esta nueva imagen y los resultados han sido los esperados. La comparación más común ha sido "Pareces un guardia civil", seguida muy de cerca por "los grises" y "la secreta". La última ha sido una que considero bastante acertada: el bigote le daba la sensación como si estuviera de mala hostia permanente. Y el caso es que, cuando me miro al espejo, al no estar todavía acostumbrado a él, me da algo de miedo. Parece como si hubiera ganado años de la noche a la mañana, como si estuviera aún más amargado, más solo, peor.
Pero me gusta. De momento se queda ahí por tiempo indefinido.
miércoles, septiembre 10, 2008
¿Serendipia? No lo creo
Nos han repetido siempre, por hache o por be, que la noticia es que el berro muerda al hombre y no al revés. No sería noticia, por tanto, saber que la realidad supera a la ficción en infinidad de ocasiones; sólo hay que leer la prensa diaria (da igual que sea "seria" o "deportiva") para darnos cuenta de ello. Pero hay algunas (escasas) ocasiones en las que la ficción sirve de piedra de toque para entender la realidad.
Un ejemplo: todos tenemos grabado en la memoria la imagen de las protestas estudiantiles en la plaza de Tiananmen (天安門廣場platz) en las que un joven, valientemente armado con una bolsa de plástico en cada mano, se cruza en el camino de un tanque impidiéndole el paso. Éste, en un inesperado ataque de civismo, decide frenar en seco en vez de pasarle por encima. Después intenta hacerse a un lado, bordearle como si se tratase de una rotonda, dar marcha atrás, llamarle espabilao en mandarín y pegar un par de bocinazos. Pero nada, no hubo forma. Además, este chico decidió subirse al tanque para tener su rifirrafe dialéctico particular con el piloto. Un par de frases después baja del tanque.
Estas imágenes causaron un gran impacto por todo el mundo (también en España), generándose dos grandes corrientes de opinión: los que (cada vez más) defendían que era un símbolo de la defensa de la libertad contra la tiranía del régimen comunista chino, corrupto y devorador de minorías y derechos humanos; y los que (cada vez menos) opinaban que era un hecho aislado de un grupo de malcriados rebeldes de pacotilla, que seguro que lo que tenía este chico en las bolsas eran botellas de güijqui y cocacola, regalado por la embajada de Estados Unidos como medida contrapropagandística y se disponían a hacer botellón en la plaza y, ya de paso, mancillar el inmaculado sistema revolucionario chino. Pero ambas opiniones se separaban de lo realmente importante, que es encontrar las causas de este comportamiento.
Un cuarto de siglo largo antes, Luis Lucía tuvo un sueño. Era un artista, y como tal tuvo la necesidad de hacer ese sueño realidad, ya que así sabía que haría feliz a mucha gente. Pensó en solidaridad. Pensó en multiculturidad. En fraternidad incluso. Pensó en cómo sería una película española con tanques de verdad. Pensó en musicales. Pensó en un poquito de propaganda. En finales felices. En negros. En la posteridad. Pensó en el futuro. Y lo pensó tanto que llegó a anticiparlo, situándose a la altura de grandes adelantados a su época como Leonardo da Vinci, Helenio Herrera o Jules Verne.
En Tómbola hay una escena en la que Joëlle Rivero, hija del embajador de Wakanda en España, se extravía mientras daba un paseo con Marisol. Ésta tiene la sospecha de que algún maleante de los que la persiguen haya podido secuestrarla, así que no duda en acudir al ejército español. Casualmente uno de sus batallones estaba realizando maniobras por la zona, por lo que Pepa flores no duda en (Atención): pararse frente al tanque, impedir que continuase su camino, subirse a él, y dialogar con el militar que conducía para que le ayudaran a encontrar a su amiga. Cosa que el tanquista, obviamente, no duda en llevar a cabo. Increíble, ¿verdad amigos?
Siguiendo el camino que nos muestra la lógica pura, nos conduce a dos posibles hipótesis:
1)- El ciudadano chino, conocedor de la obra de Lucía y profundo cinéfilo, aprovecha la oprtunidad que le brinda el destino para hacer un homenaje desinteresado a su película favorita. Lamentablemente no sale del todo bien porque el militar al cargo del tanque no debía ser tan cinéfilo como este estudiante desconocido.
2)- Luis Lucia sabía que los sucesos de la plaza de Tiananmen iban a suceder, por eso dejó cifrados, uno tras otro, los indicios de la tragedia: sabía que Marisol abrazaría el comunismo veinte años después. El estudiante chino tenía veinte años. Pensadlo. El cine español es, sin duda, mesiánico.

Pepa y Joelle, anticipadoras del drama
Un ejemplo: todos tenemos grabado en la memoria la imagen de las protestas estudiantiles en la plaza de Tiananmen (天安門廣場platz) en las que un joven, valientemente armado con una bolsa de plástico en cada mano, se cruza en el camino de un tanque impidiéndole el paso. Éste, en un inesperado ataque de civismo, decide frenar en seco en vez de pasarle por encima. Después intenta hacerse a un lado, bordearle como si se tratase de una rotonda, dar marcha atrás, llamarle espabilao en mandarín y pegar un par de bocinazos. Pero nada, no hubo forma. Además, este chico decidió subirse al tanque para tener su rifirrafe dialéctico particular con el piloto. Un par de frases después baja del tanque.
Estas imágenes causaron un gran impacto por todo el mundo (también en España), generándose dos grandes corrientes de opinión: los que (cada vez más) defendían que era un símbolo de la defensa de la libertad contra la tiranía del régimen comunista chino, corrupto y devorador de minorías y derechos humanos; y los que (cada vez menos) opinaban que era un hecho aislado de un grupo de malcriados rebeldes de pacotilla, que seguro que lo que tenía este chico en las bolsas eran botellas de güijqui y cocacola, regalado por la embajada de Estados Unidos como medida contrapropagandística y se disponían a hacer botellón en la plaza y, ya de paso, mancillar el inmaculado sistema revolucionario chino. Pero ambas opiniones se separaban de lo realmente importante, que es encontrar las causas de este comportamiento.
Un cuarto de siglo largo antes, Luis Lucía tuvo un sueño. Era un artista, y como tal tuvo la necesidad de hacer ese sueño realidad, ya que así sabía que haría feliz a mucha gente. Pensó en solidaridad. Pensó en multiculturidad. En fraternidad incluso. Pensó en cómo sería una película española con tanques de verdad. Pensó en musicales. Pensó en un poquito de propaganda. En finales felices. En negros. En la posteridad. Pensó en el futuro. Y lo pensó tanto que llegó a anticiparlo, situándose a la altura de grandes adelantados a su época como Leonardo da Vinci, Helenio Herrera o Jules Verne.
En Tómbola hay una escena en la que Joëlle Rivero, hija del embajador de Wakanda en España, se extravía mientras daba un paseo con Marisol. Ésta tiene la sospecha de que algún maleante de los que la persiguen haya podido secuestrarla, así que no duda en acudir al ejército español. Casualmente uno de sus batallones estaba realizando maniobras por la zona, por lo que Pepa flores no duda en (Atención): pararse frente al tanque, impedir que continuase su camino, subirse a él, y dialogar con el militar que conducía para que le ayudaran a encontrar a su amiga. Cosa que el tanquista, obviamente, no duda en llevar a cabo. Increíble, ¿verdad amigos?
Siguiendo el camino que nos muestra la lógica pura, nos conduce a dos posibles hipótesis:
1)- El ciudadano chino, conocedor de la obra de Lucía y profundo cinéfilo, aprovecha la oprtunidad que le brinda el destino para hacer un homenaje desinteresado a su película favorita. Lamentablemente no sale del todo bien porque el militar al cargo del tanque no debía ser tan cinéfilo como este estudiante desconocido.
2)- Luis Lucia sabía que los sucesos de la plaza de Tiananmen iban a suceder, por eso dejó cifrados, uno tras otro, los indicios de la tragedia: sabía que Marisol abrazaría el comunismo veinte años después. El estudiante chino tenía veinte años. Pensadlo. El cine español es, sin duda, mesiánico.
Pepa y Joelle, anticipadoras del drama
Suscribirse a:
Entradas (Atom)